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#153 LA TENTACIÓN DE LA ESPADA. ​

La Biblia dice:
“—¡Déjenlos! —ordenó Jesús. Entonces le tocó la oreja al hombre, y lo sanó.”
Lucas 22:51 NVI

Cuando somos traicionados, nuestra primera reacción suele ser defensiva. Queremos “desenvainar la espada” —que a menudo es nuestra lengua— para defender nuestra reputación o devolver el golpe. En el huerto de Getsemaní, los discípulos quisieron pelear, pero el Señor Jesús los detuvo. Él sabía que el traidor suele usar el “beso” (la lisonja, las palabras dulces o la justificación falsa) para encubrir su falta, pero el Señor Jesús no respondió con la misma moneda.

El dolor mal manejado se convierte en una escalera descendente hacia la oscuridad espiritual:
* Ansiedad: Surge de la necesidad obsesiva por descubrir cada detalle de la traición y la urgencia desesperada por probar nuestra inocencia ante los demás.
* Enojo: Aparece al chocar con la realidad de que no podemos controlar lo que otros dicen o piensan, sintiendo impotencia al ver nuestra reputación dañada.
* Amargura: El dolor se estanca; la traición deja de ser un evento pasado para convertirse en un pensamiento circular y permanente que contamina el presente.
* Ira: El sentimiento se desborda en furia e irritación constante, afectando no solo a quien nos hirió, sino a todos los que nos rodean.
* Venganza: El último escalón, donde el deseo de justicia propia se transforma en impulsos de violencia o acciones para dañar al otro.

Si el Señor Jesús hubiera detenido la traición de Judas por la fuerza, el plan de salvación se habría truncado (Isaías 53:7-8ª). A veces, Dios permite la traición para llevarnos a un nuevo nivel de madurez.

Para meditar y hacer:
* No permitas que el daño que otros te hicieron defina quién eres tú.
* Si queremos actuar santamente no debemos dejar que el dolor domine y arruine nuestras vidas.
* Domina tu dolor para que el dolor no te domine a ti. Esta es una buena oportunidad para experimentar el Dominio Propio.
* El Dominio Propio tiene que ver más con lo que pensamos que con lo que hacemos.

​Oración:
Padre Celestial, guarda mi boca y mis manos de la venganza. Dame el dominio propio para no responder al mal con mal y ser obediente a lo que Tu Espíritu Santo nos dejó escrito por medio del Apóstol Pablo cuando dijo en Romanos 12:21 NVI
No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien.
Ayúdame a aquietar mi alma y a descansar en ti, confiando en que Tú eres mi defensor.
Te lo pido en el Nombre precioso del Señor Jesús y en el Poder de tu Espíritu Santo, Amén.

Rvdo. Nicolás Ocampo J.

Pastor
  
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