Mientras estudiaba junto a mi esposa Marlen el Libro de Lamentaciones, en el que básicamente Jeremías experimenta un doble dolor: el de haber profetizado lo que sucedería, pero el haber vivido esa pérdida que tuvo Judá en general y Jerusalén en especial, y que dejó ese lastre de desolación, muerte, y destierro; como también El Templo quemado y la Muralla destruida, recordé con lágrimas la siguiente historia: Corría el final del año 1972, quizás principios de 1973, cuando me encontraba – era apenas un niño – , haciendo un mandado, de algo que me habían encomendado en casa. Era el atardecer de ese día, cuando a corta distancia de donde me encontraba, vi pasar a mi mamá con su gabán negro, (Digamos que un cilicio más moderno y menos áspero), mientras reflejaba sin mirar a nadie, una expresión de profunda tristeza. Aunque ella solía ir al lugar de adoración tradicional en horas de la mañana y acompañada por una o dos de mis hermanas, llamaba la atención que ella iba sola y como dije, en horas de la tarde noche.

Todo esto me produjo gran extrañeza ya que la costumbre era que muy temprano toda la familia debía estar recogida en casa para los rezos de la noche. Pero de la extrañeza, pasó a ser algo que me preocupaba porque para ese momento la familia atravesaba un momento demasiado difícil en el que nos sentíamos seriamente amenazados y mi padre corría peligro de muerte o alguno de los hijos. Vi entonces que las cosas se agravaban y sin una solución aparente. Seguramente mi madre con ese carácter que la identificaba salió no solamente desafiante ante nuestros enemigos, sino ir más allá, vaciar su ser en la Presencia de Dios, lo cual estoy seguro, trajo nuevas fuerzas a esta valerosa y admirable mujer, y no solamente a ella, sino para mi papá y el resto de mis hermanos. .

 

El cilicio y las cenizas se usaron en los tiempos del Antiguo Testamento como símbolo de la degradación, el duelo, y el arrepentimiento. Alguien que deseara mostrar un corazón arrepentido, a menudo se vestiría de cilicio, se sentaría sobre cenizas, y colocaría cenizas en la parte superior de su cabeza. El cilicio era un material áspero generalmente hecho de pelo de cabra negra, haciéndolo algo incómodo de llevar. Las cenizas significaban desolación y ruina.

Cuando alguien moría, el acto de ponerse cilicio mostraba un profundo dolor por la pérdida de esa persona. Un ejemplo de esto lo encontramos en la siguiente Escritura cuando el rey David lloró la muerte de Abner, el comandante del ejército de Saúl:

Entonces dijo David a Joab, y a todo el pueblo que con él estaba: Rasgad vuestros vestidos, y ceñíos de cilicio, y haced duelo delante de Abner. Y el rey David iba detrás del féretro. 2Sauel 3:31 (RV60)
David ordenó a Joab y a todos los que estaban con él: «Rásguense las vestiduras, vístanse de luto, y hagan duelo por Abner.» El rey David en persona marchó detrás del féretro, 2Samuel 3:31 (NVI)

Jacob también demostró su tristeza al ceñirse de cilicio cuando pensó que su hijo José había muerto:

Y Jacob se rasgó las vestiduras y se vistió de luto, y por mucho tiempo hizo duelo por su hijo. Génesis 37:34 (NVI)
Entonces Jacob rasgó sus vestidos, y puso cilicio sobre sus lomos, y guardó luto por su hijo muchos días. Génesis 37:34 (RV60)

Quiero resaltar que en ambos casos se menciona el cilicio mas no las cenizas.

En conclusión, ¿qué era el cilicio? Era un ropaje, una vestimenta de luto que los hebreos usaban.

Hace poco junto a mi esposa veíamos una película donde actuaban los judíos ortodoxos, y ella me preguntó: “¿Por qué ellos van con ropas negras siempre? A lo cual le respondí: Ellos todo el tiempo visten de negro, no solo por modestia, sino porque el Templo de Jerusalén está destruido. Algún día no muy lejano, el Templo será edificado.

Y en cuanto a la respuesta que mi madre recibió de su lamento y luto, de parte de Dios, meses después, septiembre de 1973, el Señor Todopoderoso, nos permitió salir hacia la ciudad de Medellín, a plena luz del día, 1 de la tarde, a la vista de nuestros enemigos, sin que intentaran poner un solo dedo sobre nosotros, y trayendo todos nuestros enseres, sin dejar siquiera una aguja en el pueblo donde algunos perversos se levantaron para destruirnos. Se cumplió entonces lo que había escrito el rey David en el siguiente salmo:

Te exaltaré, SEÑOR, porque me levantaste, porque no dejaste que mis enemigos se burlaran de mí. SEÑOR mi Dios, te pedí ayuda y me sanaste. Tú, SEÑOR, me sacaste del sepulcro; me hiciste revivir de entre los muertos. Canten al SEÑOR, ustedes sus fieles; alaben su santo nombre. Porque sólo un instante dura su enojo, pero toda una vida su bondad. Si por la noche hay llanto, por la mañana habrá gritos de alegría.
Cuando me sentí seguro, exclamé: «Jamás seré conmovido.» Tú, SEÑOR, en tu buena voluntad, me afirmaste en elevado baluarte; pero escondiste tu rostro, y yo quedé confundido. A ti clamo, SEÑOR soberano; a ti me vuelvo suplicante ¿Qué ganas tú con que yo muera, con que descienda yo al sepulcro? ¿Acaso el polvo te alabará o proclamará tu verdad? Oye, SEÑOR; compadécete de mí. ¡Sé tú, SEÑOR, ¡MI AYUDA! Convertiste mi lamento en danza; me quitaste la ropa de luto y me vestiste de fiesta, para que te cante y te glorifique, y no me quede callado. ¡SEÑOR mi Dios, siempre te daré gracias! Salmo 30:1-12
Rvdo. Nicolás Ocampo J.
Pastor
  

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