Decisiones

Me encontraba en una encrucijada sobre qué escribir en este corto saludo, el cual hago con todo mi amor fraternal, además de permanecer disciplinado en no suspender, así sea que este no llegue a tus manos en forma impresa,

o lo que temo muchas veces y es que ni siquiera alguien lo lea por no encontrarlo atractivo ni importante.  Al manifestarle a mi esposa Marlen mi encrucijada, ella muy acuciosa y sin pensarlo dos veces me dijo: Escribe sobre las decisiones, buenas y malas. Gracias a Dios por la vida de ella, definitivamente, es mi ayuda adecuada.

Escribiré sobre dicho tema. Comienzo por preguntarte: ¿Alguna vez tomaste una decisión sin consultar en oración la Voluntad del Señor y te fue mal? ¿En razón a esto, tuviste que orar al Señor, pero rogándole ayuda para que te librara de las consecuencias?

Créeme que esto me ha ocurrido una y mil veces, aunque paulatinamente he venido aplicando esta disciplina de no dar un solo paso sin tener la certeza que lo que voy a hacer le agrada al Señor.

Estoy recordando en este mismo instante una de las tantas situaciones que les tocó vivir a los hermanos judíos mientras estaban cautivos en Babilonia. Allí a orillas de dos caudalosos ríos como lo son el Tigris y el Éufrates están viviendo situaciones difíciles que los tienen a punto de morir anegados, como seguramente nos ha tocado vivir a nosotros las amenazas de perecer ahogados por los acosos de la gente incrédula y rebelde, y como si fuera poco, se nos dice que decidamos si morir asfixiados obedeciendo al Señor, o vivir en espaciosos lugares, pero sin Su Presencia.

Te invito para que leamos el salmo 137.

 

Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos, y llorábamos al acordarnos de Sión.

En los álamos que había en la ciudad colgábamos nuestras arpas.

Allí, los que nos tenían cautivos nos pedían que entonáramos canciones; nuestros opresores nos pedían estar alegres; nos decían: «¡Cántennos un cántico de Sión!»

¿Cómo cantar las canciones del Señor en una tierra extraña?

Ah, Jerusalén, Jerusalén, si llegara yo a olvidarte, ¡que la mano derecha se me seque!

Si de ti no me acordara, ni te pusiera por encima de mi propia alegría, ¡que la lengua se me pegue al paladar!

Señor, acuérdate de los edomitas el día en que cayó Jerusalén. «¡Arrásenla —gritaban—, arrásenla hasta sus cimientos!»

Hija de Babilonia, que has de ser destruida, ¡dichoso el que te haga pagar por todo lo que nos has hecho!

¡Dichoso el que agarre a tus pequeños y los estrelle contra las rocas! Salmo 137:1-9

 

Quiero llamarte la atención y fijes bien tus ojos en los versículos 3 al 6. Es muy conmovedor, ver cómo a los cautivos se les pedía por parte de los babilonios que no colgaran sus arpas en los álamos. ¿Sabes por qué ellos colgaron sus arpas en los álamos? Porque los malvados querían que esos instrumentos, junto con las canciones fueran tocados, pero a manera de entretenimiento para sus juergas y sus bailes exóticos.

Permíteme no cuestionarte a ti, pero sí plantearte algunas preguntas. Te recuerdo que hoy la iglesia, [es decir, tú], está cautiva bajo el régimen del imperio romano, que a la postre es lo mismo que el babilonio.

¿Estás de parte de los “babilonios”, o decides estar del lado del Señor?

¿Has cedido a las demandas de los “babilonios” o prefieres tomar la decisión de obedecer a Dios?

¿Has puesto al servicio de “los babilonios” todo aquello con lo que de antemano sabes que le corresponde al Señor? (Entiéndase tu tiempo de Culto, tu tiempo de la lectura de las Sagradas Escrituras, tus diezmos, tus ofrendas y todo aquello que le pertenece al Señor).

Y a lo mejor tú me dirás: Pastor, como no tenemos templo donde reunirnos, he decido poner todo lo que le corresponde al Señor, al servicio de mi placer y de todo lo que el mundo me demanda. ¡Cuidado! Recuerda que los cautivos en Babilonia tampoco tenían templo para adorar al Dios Único y Verdadero, sin embargo, nunca cedieron a las pretensiones de los paganos.  

Piénsalo bien, y ve en oración delante del Señor, antes de tomar tus decisiones. Aunque, a decir verdad, hay asuntos que debemos tener claros y dar por sentado, como que, obedecer al Señor no se debe pensar dos veces, porque en la obediencia al Señor está la bendición.  A todas esas, ¿al servicio de quién decides que esté tu instrumento?

 

Rvdo. Nicolás Ocampo J.

Pastor

  

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