Estos días, las mañanas empiezan para mí antes del amanecer, cuando un hombre habitante de calle que duerme en la acera del frente al apartamento donde vivo y con una tos demasiado sonora me despierta, y es como si quisiera decir, si yo no duermo nadie duerme. Puedo darme vuelta e intentar volverme a dormir, pero sus toses insistentes hacen imposible que pueda relajarme.

Aunque solía quejarme cuando miraba por la ventana en la semioscuridad, últimamente he encontrado una forma de hacer que mi despertar sea una experiencia más alegre, aunque sean las 3:30 de la mañana.

Apenas abro los ojos, hago una oración agradeciéndole a Dios por haberme despertado: por reunir mi alma con mi cuerpo esta (y cada) mañana. El Espíritu Santo siempre nos estimula a pasar de lo mundano a lo santo, de lo inconsciente a lo consciente. Esta oración matutina, llamada “Modé Aní” o “Yo Agradezco”, no es una excepción. En el mismo momento que muchos nos sentimos no espirituales (¡piense en su estado de ánimo cuando escucha el molesto ruido del despertador!), el Señor Todopoderoso nos urge a que nos forcemos a pensar sobre la enormidad de lo que ha sucedido.

En esta breve oración, agradezco a Dios por devolver el alma a mi cuerpo una vez más, por no haberme dejado morir en mi sueño, por permitirme existir. Es una fuente de gratitud obvia pero de la que nos olvidamos en nuestros frenéticos días. ¿Cuán a menudo tenemos la posibilidad de detenernos y agradecer a Dios por el milagro de nuestra propia existencia?

Había una vez un hombre de Dios, que tenía muchos discípulos que escuchaban atentamente cada una de sus palabras. Una mañana, los estudiantes se sorprendieron al ver que su maestro no estaba en el desayuno. Más tarde, quedaron conmocionados al descubrir que tampoco había venido a la clase. Los estudiantes extrañaban a su maestro y se preguntaban dónde estaría. Finalmente, golpearon a su puerta, preguntándose qué le habría pasado a su amado maestro. Los estudiantes abrieron la puerta, y se sorprendieron al encontrar a su maestro, aun con pijama, sentado en su cama, con una expresión deslumbrada en su rostro. “Pastor”, le dijeron sus “discípulos,“¿está enfermo? ¿Dónde estuvo todo el día?”. El pastor miró a sus discípulos y explicó. “Esta mañana, como todas las mañanas, me desperté e inmediatamente hice la oración sobre el despertar: Te doy gracias a Ti, Señor Jesús… y me detuve cuando me di cuenta de las palabras. ¿Le agradezco a Señor? ¿Le… agradezco… al Señor? ¿Se dan cuenta qué gran privilegio es este, el comunicarse con el Todopoderoso? ¡Me di cuenta de la fuerza de esta afirmación! ¡Y me he quedado sentado aquí meditando sobre la grandeza de esto desde ese momento!”.

¿Te das cuenta del poder que tiene la oración cuando Damos Gracias?. La mayor parte del tiempo, las oraciones son rutinarias, quizás hasta un poco aburridas. Pero a veces, nos damos cuenta de su poder, y eso transforma un momento común en una ocasión especial de completa claridad y comunicación con Dios.

Muchos de nosotros no tenemos hoy la costumbre de orar. He escuchado mucha gente decir que no encuentran significativo recitar un montón de palabras rutinarias. La visión cristiana es que aunque siempre intentemos hacer que nuestras oraciones sean significativas (lo que se llama estar concentrado en la oración), no siempre tendremos éxito. Sin embargo, tenemos la obligación de oraciones, con la certeza que estos momentos espirituales eventualmente sucederán.

¿Ya le dijiste al Señor una oración más o menos así? Te doy gracias a Ti, Señor Jesús Rey viviente y Eterno, que me has devuelto mi alma con compasión; ¡Grande es Tu fidelidad! ¡SGAPPS!

 

Rvdo. Nicolás Ocampo J.

Pastor

  

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