Qué escalofrío produce la palabra adversidad. Escalofrío que se hace más penetrante cuando me doy cuenta de lo que significa adversidad, que es algo así como: Situación desgraciada en que se encuentra alguien.

No sé si alguna vez has pasado adversidades, yo sí, y no pocas. Pero además de pasar por ellas, es lo que se siente en medio de la tormenta, y que finalmente entra uno en un estado que ni siquiera sabe si es una maldición o una bendición. Suena extraño lo que te voy a decir, pero así es: La adversidad es la más grande maldición y la más grande bendición; si te suena raro, no le prestes tanta atención a mi apreciación, pero sí a el resto de esta columna, que con mucho afecto te comparto.

Por un instante te invito a que me acompañes al principio cuando Adán y Eva, desobedecieron a Dios en el huerto del Edén, quien no tuvo otra opción que darles un escarmiento a estas criaturas de las cuales Él debió haberse sentido “orgulloso”.

Debo precisar que Dios no maldijo a Adán. En lugar de eso, Dios maldijo “la tierra”. El resultado fue que, desde ese mismo día hasta hoy, la raza humana ha tenido que luchar para aprovechar los beneficios de la tierra y al mismo tiempo sacar fuerzas para resistir la adversidad:

A la mujer le dijo: «Multiplicaré tus dolores en el parto, y darás a luz a tus hijos con dolor. Desearás a tu marido, y él te dominará.» Al hombre le dijo: «Por cuanto le hiciste caso a tu mujer, y comiste del árbol del que te prohibí comer, ¡maldita será la tierra por tu culpa! Con penosos trabajos comerás de ella todos los días de tu vida. La tierra te producirá cardos y espinas, y comerás hierbas silvestres. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres, y al polvo volverás. Genesis 3:16- 19

No estoy seguro cuántas veces en mi vida he leído los textos anteriores, pero hoy cuando escribo estas líneas empiezo a darme cuenta de la magnitud de la gravedad en la que el ser humano está metido.

Piensa en algo: nosotros estamos mucho más sofisticados que en los días de Adán y Eva, pero a pesar de nuestros avances tecnológicos, estos no nos evitan el tener que luchar con lo que sale de la tierra. Siempre ha sido así, y así será. Ya sea grandes cosas como las guerras y el clima, o cosas más pequeñas como la enfermedad o la inseguridad delincuencial, la tierra y todo lo que hay en ella pareciera estar en contra nuestra.

Además, parece insólito, pero los seres humanos hemos aprendido bastante bien a adaptarnos a las condiciones que pone la adversidad. Por experiencia propia, cada uno de nosotros sabe que el dolor y el sufrimiento forman parte de la vida. Ahora bien, yo creo que en nosotros está el cortar con la adversidad o “negociar” con ella. Dime si no tenemos la tendencia a admirar a la gente que experimenta constante adversidad y dolor. ¿Sabes por qué? Porque a mi parecer el único camino a la victoria atraviesa precisamente por la adversidad.

Debo precisar que no estoy en desacuerdo con los que valoran la adversidad. No habría coherencia de mi parte a sabiendas que cuando he vivido una adversidad, echo mano de ella para contarla a manera de testimonio para agradecer a Dios, para ayudar a otros en situaciones parecidas a la mía, o simplemente para valorarme en cuanto en razón a que fui favorecido por Dios al permitirme una adversidad para que probara, así fuera de esa manera, Su Maravillosa Mano sobre mí.

Por esa razón cuando digo que “acepto la adversidad” estoy diciendo algo totalmente diferente de lo que tú estabas pensando. Esto es lo que quiero decir. Desde que Adán y Eva pecaron y Dios el Señor maldijo la tierra, la única bendición verdadera que he disfrutado ha venido precisamente de Dios.

Muchos andan equivocados al llamar cualquier momento placentero como “la buena vida”, esta a lo sumo, ofrece una satisfacción temporal. Recuerdo en este instante la parábola de trigo y la cizaña y concluyo que esta crece aun en los más hermosos sembrados y que aun la gente más saludable suele enfermarse. Por experiencia, puedo decir a boca llena, que la adversidad siempre va a sacar a flote lo mejor de nosotros.

Si pudiera describirte la alegría que siento en este mismo instante (Jueves 22 de septiembre 12:36 p.m), de poder decirte que la única persona que venció completamente la adversidad es el Señor Jesús, y que Él no lo hizo sólo por Él mismo, sino por ti, por supuesto que por mí también. El Señor Jesús hizo Su Sacrificio único e irrepetible dando su propia vida por nosotros. Y créeme que cuando uno acepta lo que el Señor Jesús hizo, está diciendo que sólo Él es capaz y digno de vencer nuestras principales adversidades que son el pecado y la muerte.

Creo que he llegado a un momento propicio para decirte que no te detengas, mejor cobra fuerzas en medio de tus penas. Crece a través de tu dolor, mientras reconoces que tu capacidad para vencer la adversidad es una bendición de parte de Dios. Te comparto una experiencia más: Mientras más ejercitas tu valor, también ejercitas y fortaleces tu fe y tu confianza en el Dios Todopoderoso. Acepta de buena gana el hecho de que Jesús el Señor triunfó sobre la adversidad y ahora te ofrece descanso en medio de tus aflicciones y adversidades. Acéptame esta invitación y lee lo siguiente:

Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo; y en él, que es la cabeza de todo poder y autoridad, ustedes han recibido esa plenitud. Además, en él fueron circuncidados, no por mano humana sino con la circuncisión que consiste en despojarse del cuerpo pecaminoso. Esta circuncisión la efectuó Cristo. Ustedes la recibieron al ser sepultados con él en el bautismo. En él también fueron resucitados mediante la fe en el poder de Dios, quien lo resucitó de entre los muertos. Antes de recibir esa circuncisión, ustedes estaban muertos en sus pecados. Sin embargo, Dios nos dio vida en unión con Cristo, al perdonarnos todos los pecados y anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley. Él anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz. Desarmó a los poderes y a las potestades, y por medio de Cristo los humilló en público al exhibirlos en su desfile triunfal. Colosenses 2:9-15

Rvdo. Nicolás Ocampo J.
Pastor
  

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