Era mediados de 1990, más exactamente el tiempo de vacaciones académicas, cuando inesperadamente tenía que viajar por asuntos de trabajo a la costa norte colombiana. En realidad, fueron dos viajes durante igual número de fines de semana. Vi en esos viajes una oportunidad para que mis pequeños hijos Nicolás y Claudia vieran por primera vez el mar. El primer fin de semana llevé a mi hijo y el siguiente fin de semana llevé a mi hija.

Ese fue un tiempo en el que pude compartir con mis hijos, lejos de casa; y entre las experiencias que me quedaron es que aunque uno ama a sus hijos por igual, les muestra su amor de diferentes maneras, y más aun si es un varón y una mujer.

Este fue un gran viaje del que atesoramos gratos recuerdos y  muchos aprendizajes. Aun tengo el recuerdo de la cara de sorpresa que en su momento mostraron cuando vieron esa inmensidad de agua llamada mar. La verdad, siempre estuve pendiente de cada gesto de gratitud y de admiración hacia cada detalle que como se los manifesté, no eran menos que la manifestación del Gran Poder del Dios Creador.  Realmente los traté de una manera tal, que creo, logré que su viaje fuera más placentero aún.

Dejando lo del viaje en el pasado, debo decir que siempre he procurado tratar a mis hijos de la misma manera, sin favoritismos. 

Yo vengo de una familia numerosa en la que seguramente mis padres inevitablemente dieron privilegios a unos y se los negaron a otros y no quiero que la historia se repita en mi hogar.

¿Cómo lograr que no se cometan injusticias con los hijos? Seguramente me preguntará usted.

Bueno. La única manera  de romper una cadena generacional de favoritismo es por medio del perdón. Hoy (Lunes 14 de marzo de 2022 cuando estoy frente a mi computadora escribiendo), le hice una pregunta a mi hija Claudia y frente a mi esposa Marlen, le dije: ¿ Alguna vez te pedí perdón por una injusticia que yo cometí?  En años pasados, hice lo mismo con mi hijo y mucho antes, también con mi esposa.

Es que no es suficiente  solo con tratar de no pensar  en lo injusto que yo haya sido como papá porque quiera ignorar mis sentimientos, es necesario ser perdonado y perdonar. Las Sagradas Escrituras nos dicen:

Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. Efesios 4:32 

El Señor Jesús nos habló de las consecuencias al no perdonar el daño, la injusticia o el abuso que otros nos han ocasionado o viceversa. Te invito a que leas el evangelio de Mateo 18:23-34.

Es que algunas personas creen que ya perdonaron, pero sus vidas, acciones y hasta actitudes demuestran que no. Perdonar no es olvidar, todo lo contrario, sabemos que hemos perdonado cuando recordamos el daño que hicimos o nos hicieron sin sentir esas emociones malucas que produjo el daño que hicimos o nos hicieron.

Quiero aprovechar que me queda un poco de espacio en este escrito para presentarte algunos pasos que serán muy útiles cuando estés atravesando un proceso de perdón.

  1. Haz una lista de las personas a quienes debes perdonar y las heridas que te causaron.
  2. Pídele al Señor Jesús que te revele la raíz de la herida emocional: Injusticias; abusos físicos, verbales o sexuales; abandono; ruptura de relaciones con los papás; rechazo; comparaciones; carencias y otras cosas más.
  3. Exprésale al Señor Jesús lo que sientes cuando recuerdas a esas personas o piensas en el daño que te hicieron.
  4. Pídele al Señor Jesús que sane tus heridas emocionales; La Palabra del Señor en Isaías 53:4 nos dice que el Señor Jesús soportó nuestros dolores.  Definitivamente solo Él puede socorrerte, ayudarte y consolarte.

Ciertamente él cargó con nuestras enfermedades y soportó nuestros dolores, pero nosotros lo consideramos herido, golpeado por Dios, y humillado. Isaías 53:4 

5. Acepta el perdón que Dios te da.

6. Deslígate en oración de la persona que te hizo daño. Se la entregas al Señor Jesús y 7. mientras Él se hace cargo de ella, la bendices.

7. Pídele al Señor Jesús que donde había dolor, tristeza, amargura, resentimiento, soledad o rabia, ahora Él lo llene con su Espíritu Santo.

8. Finaliza con un tiempo de gratitud y alabanza.

Hoy debo decir que mi relación con mi esposa Marlen y mis dos hijos, goza de La Paz que Dios nos ha dado en Cristo Jesús.

Rvdo. Nicolás Ocampo J.
Pastor
  

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